Tres mitos de la pediatría
¿Has oído alguna vez estas frases o las has dicho tú mismo? "¡El niño tiene los mocos tan amarillos, que seguro que es algo bacteriano!" "¡La orina apesta tanto, seguro que es una infección urinaria!" "El niño tose tanto, ¡debe de ser una neumonía!" Todas estas frases se oyen una y otra vez y son todas, lo has adivinado, tonterías.
En primer lugar, el color de los mocos u otras secreciones que salen de la nariz o los ojos del niño no indica si la causa son virus o bacterias. Los mocos pueden ser acuosos, amarillentos o verdosos: el factor decisivo es el estado general del niño. Estas secreciones suelen contener diversos virus y bacterias, pero esto no influye a la hora de administrar o no un tratamiento antibiótico.
En segundo lugar, la orina puede oler por innumerables razones. Muy a menudo huele porque está demasiado concentrada, es decir, no se ha bebido lo suficiente. El olor por sí solo no es en absoluto un indicio de infección urinaria. Hay ciertos síntomas físicos y una infección urinaria que requiere tratamiento también requiere un cierto mal estado general.
En tercer lugar, tal vez haya unos pocos auténticos fenómenos médicos que tengan un oído megabien entrenado y que puedan hacer un diagnóstico de sospecha de neumonía basándose en el sonido de la tos. En general, sin embargo, el sonido de la tos carece por completo de sentido a la hora de diagnosticar una neumonía (a diferencia del asma o el crup, por ejemplo). Un niño puede estar casi completamente sano y tener una tos floja y mucosa que suena fatal. Sin embargo, un niño también puede tener una neumonía muy grave y apenas toser o tener un sonido de tos completamente anodino.
La conclusión es que las tres frases pertenecen al reino de los mitos. No tienen ninguna validez y no son útiles para evaluar el estado de salud de tu hijo.
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